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Los avances en la edición genómica y las inquietudes bioéticas

Recientemente, disfrutando de una agradable comida junto a un buen amigo, eminente biólogo y a la par sacerdote, le pregunté sobre qué consecuencias podría tener en las creencias religiosas y la Teología el que, como algunos avances científicos pretenden mostrarnos, el hombre hubiera nacido para vivir eternamente, siendo la enfermedad y la muerte un mero accidente en su evolución. Con cierta ironía mi amigo me contestó que precisamente esos hallazgos justificarían a la propia Religión que ha venido sosteniendo desde sus orígenes la inmortalidad del ser humano.

Sirva la anécdota para mostrar cómo en estos tiempos puede observarse cierta coincidencia, por paradójico que pueda resultar a primera vista, entre la Religión y el denominado movimiento transhumanista. Si la primera se asienta en la trascendencia del ser humano, lo que habitualmente se explica a través de la presencia de un ser superior, el segundo aspira a hacer realidad, en términos estrictamente biológicos, su inmortalidad. Dominar y vencer a la muerte se presenta como el gran reto del movimiento transhumanista. Éste promueve aprovechar las oportunidades que nos ofrece la biomedicina y la tecnología para lograr mejoras en el ser humano, tanto en fase embrionaria como en la ya nacida. Y si dicha mejora se logra sin término, sin final, el objetivo se alcanza en su completud. Ser mejores desde el inicio de la vida y para siempre sería, en suma, el lema del movimiento.

Obviamente, lo anterior no significa que los avances de la biomedicina y la tecnología sean una expresión directa del ideario transhumanista. El problema radica en los fines principales que se persigan. Es decir, si se pretende y persigue la curación y prevención de enfermedades o un mero mejoramiento. La edición genómica (véase, como ejemplo emblemático, CRISPR/Cas9) puede perfectamente utilizarse con un fin estrictamente curativo. En este caso pocas personas estarían en contra de dicho recurso, si permite evitar graves enfermedades, dejando, obviamente, al margen las alteraciones de la línea germinal y no meramente somática que aún nos inquietan y los relevantes problemas de seguridad que a día de hoy plantean dichas técnicas, como ha puesto de manifiesto la propia comunidad científica y varios comités de bioética como el italiano, el español y hace pocos días el alemán.

En todo caso, una vez salvados los actuales problemas de inseguridad, la pregunta que debemos hacernos es la que formuló hace más de una década el filósofo Jürgen Habermas: ¿Queremos con dichos avances científicos intervenir en la naturaleza del ser humano como un incremento de la libertad necesitando de regulación normativa o como una autoinvestidura de poderes para llevar a cabo unas transformaciones que dependan de las preferencias y no necesiten de ninguna autolimitación?

Es decir, interpretando las palabras del pensador, ¿queremos realmente jugar a ser dioses, alterando profundamente la naturaleza del ser humano? o, más concretamente, en el ámbito de la edición genómica, ¿pueden los padres ir más allá de eliminar lo malo o seleccionar lo bueno, sino también rediseñar lo mejor? ¿Pueden los padres alterar la línea germinal de sus hijos para que éstos sean mejores?

En oposición al mejoramiento se recurre habitualmente al paradigma de lo natural, de manera que, si la naturaleza nos hace así, cuáles son las razones morales para alterar ese presunto equilibrio y orden preestablecido. Sin embargo, ello olvida que lo que califica al ser humano como ser moral, diferente de los animales, no es su naturaleza, sus rasgos naturales, sino su capacidad de trascender con respecto de lo natural. En palabras del filósofo francés Luc Ferry o como dijera el bioeticista patrio, Javier de la Torre, lo específico del hombre es confrontarse y no tanto adaptarse al entorno. Lo que nos hace humanos es precisamente nuestra cualidad transformativa y es ésta la que, paradójicamente, se esgrime para eliminar la propia condición humana.

En todo caso, tampoco podemos olvidar que lo que dota al ser humano de verdadera naturaleza ontológica, tanto desde una perspectiva religiosa como secular, es su finitud o, mejor dicho, la conciencia de serlo. El ser humano es antropológicamente vulnerable porque es la realidad de su extinción biológica o biográfica lo que le hace frágil y por tanto humano. La enfermedad, la muerte, el final, el dolor y la pérdida de posibilidades están ínsitas en el ser humano como radical y constitutivo elemento de su vida, pues están siempre presentes, según dice con acierto la filósofa Lydia Feito. Transformar la vida desde el inicio o acabar con la muerte, como pretende el ideal transhumanista, puede ser, al margen de otras cuestiones, tanto como acabar con el propio ser humano, por paradójico que pueda sonar.

En definitiva, como recientemente ha expresado Carlos Beorlegui, es tan irresponsable dar carta blanca a todo tipo de innovación como oponernos radicalmente a cualquier uso de las antropotecnias, siendo el discernimiento racional y moral que nos singulariza como especie lo que no debemos soslayar.

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