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ELA, el desconocimiento de la causa frena la solución

La incidencia de la esclerosis lateral amiotrófica (ELA) es de 1-2 nuevos casos por 100.000 habitantes al año y su prevalencia, de 3,5 casos por cada 100.000 habitantes. La ELA es la tercera enfermedad neurodegenerativa en incidencia después de Alzheimer y la enfermedad de Parkinson. En nuestro país están registrados más de 3.000 pacientes y cada día se diagnostican tres nuevos casos, lo que supone más de 900 al año. Estos pacientes, sus familias, los clínicos y los investigadores esperan un tratamiento curativo, es el gran reto.

Aunque existen tratamientos que ayudan a prolongar un poco y mejorar la calidad de vida del paciente con ELA, la esperanza de vida es de aproximadamente seis años y, según la Sociedad Española de Neurología, la mayoría fallecen en menos de diez. Hay algunos casos extraordinarios, como el del célebre Stephen Hawking, pero el físico padecía una ELA de progresión lenta, tenía ventilación asistida permanente y recibía cuidados que no están al alcance de cualquiera.

Incógnitas

Todo parece indicar que un tratamiento curativo no llegará en un futuro cercano, pues hay todavía muchas incógnitas por resolver. Más cerca están tratamientos farmacológicos que traigan una solución más eficaz que los disponibles hoy a la hora de frenar la enfermedad.

Una de las vías más prometedoras en investigación tiene por fin encontrar fármacos que modulen respuestas patológicas comunes a todos los pacientes, como la respuesta inflamatoria en el sistema nervioso central (SNC). La terapia génica, para las formas familiares, y la terapia celular son caminos que buscan resultados curativos, pero por ahora existen más estudios en animales que en humanos.

“Desde el momento en que no se sabe el origen, es difícil encontrar una solución”, reconoce Rubén López-Vales, cuyo grupo de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) trabaja en la investigación de fármacos que detengan la afectación inflamatoria que se deriva de la ELA. Uno de los grandes problemas es que en el 90 por ciento de los casos se desconocen las causas; sólo entre el 5 y el 10% de los diagnósticos se deben a causas genéticas hereditarias. “Y en las de origen genético, aparecen más de veinte genes relacionados, lo que complica aún más las cosas. En los casos familiares, hay mucha diversidad”, destaca este investigador, profesor y miembro de la Unidad de Fisiología Médica de la UAB.

De hecho, se considera que la ELA es un conjunto de enfermedades neurodegenerativas progresivas que afectan a las neuronas motoras del cerebro y a la médula espinal, que dejan de funcionar y de enviar mensajes a los músculos, ocasionando debilitamiento muscular e incapacidad de movimiento. Generalmente se presenta en mayores de 50 años y es más frecuente en los hombres que en las mujeres.

La diversidad de genes involucrados es también un obstáculo para disponer de un modelo animal que pueda reproducir los procesos de ELA. El que habitualmente se utiliza en investigación es el gen superóxido dismutasa en ratones transgénicos. “Este gen representa sólo el 2% de las ELA, pero el modelo es el mejor que tenemos en estos momentos porque es donde se ha podido reproducir el proceso de ELA”, comenta Rubén López.

Necesidad médica y social

Encontrar los factores que inician la enfermedad es prioritario, según el investigador: “Es una clara necesidad médica y social”. Pero en paralelo, hay que recorrer otro camino que actúe en los procesos patológicos comunes: “En un futuro cercano no es probable que encontremos un tratamiento curativo, pero el paciente no puede esperar, es más factible que podamos hallar un fármaco más eficaz que los que tenemos que vaya frenando la evolución de la enfermedad”.

La línea que sigue el grupo de la UAB que dirige Rubén López trabaja en uno de esos procesos comunes, que es la inflamación. Los ensayos con los antiinflamatorios que están en el mercado no han dado buenos resultados. “Hemos visto que las moléculas que sintetiza el organismo de una persona sana para detener la respuesta inflamatoria no las produce el sistema nervioso central de los pacientes con ELA, así que nosotros las administramos en el modelo animal de forma exógena”, explica.

Los resultados preliminares demuestran que frena la inflamación y, en consecuencia, ralentiza la evolución de la enfermedad. Actualmente, el proyecto está en la fase de desarrollo del fármaco y la previsión es empezar con los ensayos clínicos en cuatro o cinco años.

El fármaco masitinib, que se encuentra en ensayo clínico, sigue una línea similar porque ataja la respuesta inflamatoria, pero en lugar de “apagar la inflamación”, bloquea algunas moléculas que la promueven. Los resultados preliminares indican que en algunos pacientes funciona y en otros no. “Lo que se ve es que en los que funciona, la respuesta es bastante buena: el deterioro del paciente es mucho más lento”, apunta López.

Otras vías

Los pacientes que potencialmente se pueden beneficiar de la terapia genética son los que tienen una ELA familiar. Ya se están desarrollando ensayos clínicos con humanos con resultados positivos. La idea es rectificar el gen mutado por un gen sano.

Otra hipótesis tiene que ver con una agregación de proteínas que resultan tóxicas. En ensayos con animales se está observando la respuesta que se produce cuando se administran secuencias de ARN complementarias (normalmente a través de virus) que impiden que se produzcan estos agregados tóxicos.

En Japón se ha estudiado edaravone, que es un fármaco con efectos antioxidantes. En Estados Unidos ya se ha aprobado. Sin embargo, Rubén Pérez señala que tanto en el país nipón como en el americano se ha comprobado que no tiene efecto en la mayoría de los pacientes.

Riluzol se ha incorporado a la práctica clínica habitual

Hoy en día, los fármacos que se emplean en pacientes con ELA son baclofeno o diazepam para controlar la espasticidad, y trihexifenidil o amitriptilina para ayudar a deglutir. En los últimos años se ha generalizado el uso de riluzol, dirigido a la toxicidad mediada por el glutamato. Atrasa algunos efectos, como la dependencia de la ventilación asistida en pacientes seleccionados. Rubén López matiza que riluzol puede incrementar la sobrevivencia pero poco tiempo, dos o tres meses. De todas formas, el tratamiento de la ELA debe ser integral y multidisciplinar pues la afectación es amplia, desde problemas para la deglución y el habla a la pérdida de movilidad absoluta y el fallo respiratorio, que es la causa de fallecimiento más habitual. La ayuda psicológica es esencial ante la inexistencia de una cura y el deterioro progresivo del enfermo.

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